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El Jubileo ha terminado. La esperanza continúa

LV – n. 1 – Enero – Febrero 2026

por fr. Francesco Dileo, OFM Cap.

Con el cierre de la Puerta Santa de la Basílica vaticana de San Pedro, el 6 de enero, León XIV ha colocado en la historia el tercer Jubileo de este siglo y del milenio; el segundo ordinario, después del de 2000, precedido por el extraordinario de la Misericordia de 2016.

Esperando el próximo, también extraordinario, en 2033, por el bimilenario de la redención, no podemos confinar el Año Santo apenas terminado en la dimensión temporal del pasado, conservando en la memoria solo los eventos más significativos, como la alternancia de los dos Pontífices o como la canonización de los dos jóvenes Carlo Arcutis y Pier Giorgio Frassati, seguidas por la igualmente significativa de Bartolo Longo, apóstol de la oración y de la caridad, además de estimador de nuestro Padre Pío. Lo que queda y debe quedar del Jubileo que ha terminado es el compromiso con la esperanza, que ahora no tenemos que considerar como un “tema” sino como una virtud que hay que practicar, contribuir y difundir, de la cual la humanidad contemporánea siempre necesita. Quizás, no por casualidad, en la audiencia jubilar del 6 de diciembre pasado, en el pleno período del Adviento, el Santo Padre invitó a los cristianos a asumir la herencia profética que nos fue recordada exactamente en la solemnidad de la Encarnación de Dios hecho hombre. Una herencia que tenemos que hacer fructificar en el futuro próximo. “El Nacimiento de Jesús – ha dicho el Papa Prevost – nos revela un Dios que nos involucra: María, José, los pastores, Simeón, Ana, y más tarde, Juan Bautista, los discípulos y todos aquellos que encuentran al Señor están involucrados, están llamados a participar. ¡Es un gran honor y qué vértigo! Dios nos involucra en su historia, en sus sueños. Esperar, entonces, es participar. ¡El lema del Jubileo “Peregrinos de esperanza” no es un eslogan que pasará! Es un programa de vida: “peregrinos de esperanza” significa gente que camina y que espera, pero no con los brazos cruzados, sino participando”. Luego ha explicado: “En los problemas y en las bellezas del mundo, Jesús nos espera y nos involucra, nos pide que obremos con Él. ¡He aquí por qué esperar es participar!”. Tenemos pues, que mantener vivo en nuestro corazón y cultivar con obras el signo fuerte de la esperanza, que vuelve a brotar de forma exuberante y permanente, a partir del brote que surge de un tronco cortado (cit. Is 11,1), como se nos ha recordado siempre en el tiempo recio del Adviento. Dios elige precisamente lo que parece pequeño y débil para hacer nacer su novedad. Porque solo quien tiene clara conciencia de su propia pequeñez y debilidad puede reconocer y acoger la grandeza y la omnipotencia del Señor. Por esto San Francisco eligió vivir en la dimensión de la minoría, después abrazada por todos aquellos que han decidido seguirlo. Así aquella dimensión se ha vuelto y se vuelve el “lugar” en el cual Dios se complace en hacer florecer lo nuevo, como lo hizo en la existencia de nuestro venerado hermano Pío de Pietrelcina. San Francisco no esperó porque se sentía fuerte, sino porque se consideraba pequeño. Descubrió que la esperanza cristiana no se funda sobre las capacidades o seguridades propias, sino sobre la confianza radical en Dios que, eligiendo nacer en la carne, está presente en nuestras fragilidades y en nuestras pobrezas.

La Navidad nos ha recordado que la esperanza se mantiene viva solamente si queda radicada en la espera y en la humilde certeza de que Dios obra también cuando no lo vemos; que Él prepara y genera florituras donde nosotros somos capaces de observar solo troncos cortados y secos. No olvidemos esta lección. Y será siempre Navidad y será siempre Jubileo, en todos los días que el Señor nos concederá vivir.

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