
por fr. Francesco Dileo, OFM Cap.
Como cada año, las luces intermitentes y multicolores alegran desde hace tiempo balcones, belenes y árboles de Navidad, haciéndonos saborear la alegría de la fiesta que, más que ninguna, recoge a la familia entera alrededor del hogar doméstico para disfrutar del calor del afecto mutuo y compartir platos típicos tradicionales. Experimentamos sensaciones agradables y legítimas, consoladoras y felices, que deberíamos aprender a no hacerlas efímeras, desprendiéndolas del sentimentalismo pasajero y de las satisfacciones materiales que esperamos encontrar envueltas bajo el árbol o en la mesa puesta. La felicidad que nos espera no podrá ser completa si no nos abrimos a la compasión y a la caridad hacia muchas familias que pasarán los próximos días llorando debido a la guerra. Muchas veces, cuando estas tristes realidades, por desgracia múltiples, entran en la nuestra a través de los telediarios, nos limitamos a acallar nuestra conciencia con el pensamiento paralizante: ¿Qué puedo hacer yo, persona común, para alterar o, por lo menos, modificar una situación por la cual ni siquiera los jefes de Estados importantes han sido capaces de encontrar un remedio? En realidad, podemos hacer más de lo que, aparentemente, la falta de un poder político o económico nos consiente: difundiendo la cultura del diálogo y del perdón y, sobre todo, rezando por la paz. Unámonos pues, sobre todo en los días santos que nos esperan, para pedir al Señor que “conceda a todos los responsables sabiduría y perseverancia para avanzar en la búsqueda de una paz justa y duradera”. (León XIV, Homilía, 19 de octubre de 2025), y “suplicarle que cure todas las heridas y ayude con su gracia a realizar lo que humanamente ahora parece imposible: redescubrir que el otro no es un enemigo, sino un hermano a quien mirar, perdonar y ofrecer la esperanza de la reconciliación” (León XIV, Ángelus, 12 de octubre de 2025). Pero, al mismo tiempo, dejémonos conquistar por las enseñanzas y por el ejemplo del querido santo hermano Pío de Pietrelcina, que ha transformado en estilo de vida la lógica de la reconciliación, requisito indispensable para prevenir y poner fin a cualquier tipo de oposición, en familia, en ámbito social y entre las naciones.
Con esta perspectiva, mis mejores deseos para la próxima Navidad se traducen en una invitación a acoger en el pesebre de Belén, reproducido en las muchas cuevas o cabañas instaladas en iglesias y en los hogares de todo el mundo, el Signo de la esperanza que no defrauda. Una esperanza destinada a brillar también después del final del Jubileo. Una esperanza que hay que acoger como don precioso y compartir, a través del apostolado cotidiano del testimonio de la fe en los entornos cotidianos de cada persona, para contribuir a construir un mundo mejor, alimentando la difusión de la cultura de la no violencia. Sembrar esperanza en los corazones de quien encontramos es, en el contexto social en el que vivimos, el acto de caridad más necesario, que será ciertamente recompensado por Aquél que, encarnándose, ha experimentado hasta el fondo el sufrimiento humano. Será exactamente este compromiso el que hará plena y auténtica la felicidad que anhelamos al encontrarnos rodeados de las personas que amamos.
¡Felicidades!