
por fr. Francesco Dileo, OFM Cap.
“En la Historia de la salvación, cada vez que el Señor entra en la casa y en la vida de alguien, ocurre algo nuevo. Puede suceder que un hombre o una mujer cualquiera se conviertan en líderes (como Moisés, por ejemplo), que una mujer estéril quede embarazada (como Sara), que un muerto resucite (como Lázaro), que la historia, en fin, tome un giro completamente diferente… Cuando esto sucede, en general se está en los límites de la desesperación: el pueblo esclavo y exhausto desde hace tiempo, una pareja estéril sin esperanza, enemigos que humillan y no dejan escapatoria. Sucede de esta manera para que sea claro que es Dios quien produce la salvación. Y para que también sea claro que Dios interviene gratuitamente, sin pedir nada a cambio. Elige un pueblo, una familia, una persona exactamente por su pobreza, por su necesidad de salvación, porque los ama”. Estas son las palabras de las lecturas bíblicas del domingo 20 de julio, XVI del tiempo ordinario. Tres semanas después, el 10 de agosto, casi en continuidad con el discurso anterior, el Purpurado, con su competencia de teólogo bíblico, ha explicado: “Así actúa Dios. Ama y elige al hombre no porque tenga méritos o requisitos especiales, sino porque así le gusta a Él. Porque Dios ama gratuitamente. El Padre nos ha dado su Reino, lo ha donado a nuestra pequeñez”. Más tarde ha especificado que “el Reino pasa por la experiencia de un vacío, de una falta, como si fuese casi una herida. Porque el vacío, la falta, la herida excavan en el corazón del hombre la espera y el deseo, que son, para la vida, los bienes más preciosos. Abren, es decir, a algo que va más allá de nosotros mismos, nos abren al encuentro, a la oración, a la amistad”. Abren — añadiría casi de manera consecuente— a la esperanza. Otras palabras de esperanza, el card. Pizzaballa, nuestro hermano perteneciente a la Primera Orden de San Francisco, habría querido pronunciarlas el 23 de septiembre, a los devotos del Padre Pío, a los creyentes, a la entera humanidad y, en particular, al pueblo de la atormentada Tierra Santa, continuamente obligado a desear la paz y duramente probada por un fuego de guerra aparentemente inextinguible, que produce constantemente muerte, lutos, hambre y desesperación. Sin embargo, el Patriarca de Jerusalén de los Latinos a pocos días de la fiesta tuvo que rechazar la invitación para presidir la solemne Concelebración eucarística de las 11:00, en el día en el cual la Iglesia eleva su alabanza al Señor por el don de San Pío de Pietrelcina, que puede ser considerado con razón un testigo de paz y de esperanza, por las condiciones adversas de la guerra. Reflexionando sobre las palabras de aquel que vive en la dimensión de sucesor de los Apóstoles exactamente en los lugares en los cuales Cristo ha constituido su Iglesia, pongámonos también idealmente en la escuela espiritual del santo Capuchino, sintiendo como dirigida también a nosotros una exhortación contenida en una carta escrita por él en el lejano 20 de junio de 1919, pero que conserva la frescura de la mirada elevada por encima de lo contingente, lo que la hace aún extraordinariamente actual: “Confiemos siempre en Dios (…) y a esto nos ayuden la fe viva y los consuelos de la cristiana esperanza, recemos siempre y la paz no tardará en sonreír a las naciones. Tengamos dirigido el pensamiento al cielo, la verdadera patria nuestra, de la cual la terrena no es más que una imagen aburrida y esforcémonos, con la divina asistencia, en conservar, en cada evento, ya sea feliz o triste, aquella serenidad y aquella calma que conviene a los verdaderos seguidores del rubio Nazareno (Epist. I, p.596).