
por fr. Francesco Dileo, OFM Cap.
El pasado 6 de enero, durante la Misa vespertina de la Epifanía del Señor, he anunciado que el próximo 26 de abril tendremos el honor de acoger, en nuestro Santuario de San Giovanni Rotondo, el manto de San Francisco de Asís que donó a Santa Isabel de Hungría, actualmente custodiado en el convento de los frailes capuchinos de París. Enseguida después, me pareció apropiado precisar: “La presencia de esta reliquia será la ocasión para continuar acercándonos a la espiritualidad del Pobrecillo de Asís y renovar nuestro compromiso de vivir como él, según el Evangelio, poniéndonos bajo su manto protector e invocando su intercesión para obtener el fin de las guerras, que quitan a la humanidad aquella “paz” y aquel “bien” que él solía desear para cada hermano en Cristo”. La llamada a la coherencia con el único mandamiento del amor, impulsado por Jesús con su palabra (cit. Mt 22,37-39) y con su testimonio, que culminó con su pasión y muerte; el Seráfico Padre no solo lo dirige a sus frailes, a las Clarisas o a los laicos de la Orden Seglar que él inspiró, sino a todo creyente que quiere vivir auténticamente la adhesión a Cristo que profesa con su boca. Cada uno de nosotros, independientemente de nuestro rol en el ámbito de la Iglesia, debe sentirse interpelado por San Francisco a recorrer el camino de la concordia, expresión concreta de ese amor sobre el cual debe basarse nuestro compromiso de considerar a los demás como hermanos. La minoría practicada y deseada por el hombre de Asís es, de hecho, ante todo, un camino hacia la armonía: quienes se hacen menos no buscan la dominación, no exigen, no buscan imponerse a toda costa, sino que siempre abren nuevos espacios de aceptación y diálogo. Acogernos mutuamente, en el intercambio de opiniones, en el debate honesto, con respeto, significa mirarse recíprocamente como un don de Dios, significa poner en el centro no mis ideas, sino el bien común, no mi carácter ni mis exigencias, sino las necesidades de todos. Otra enseñanza que nos recordará la reliquia del manto, recordando a quienes acudirán a venerar a aquel que lo llevó, es la necesidad de hacer concreta y efectiva la virtud de la caridad, a través de conductas y gestos de solidaridad. La solidaridad, de hecho, es uno de los sellos distintivos de una comunidad cristiana. Deberíamos ser cada vez más sensibles a esta práctica, que se expresa a través de simples atenciones: una mirada de apoyo, un servicio hecho sin ruido, un esfuerzo compartido, una escucha sin prejuicios. Es, esta, no solo la única manera para crear armonía y concordia, sino también de hacer presente el amor con el que Dios se acercó a la humanidad. Lo que, para mí, tendríamos que comprender siempre más es que la solidaridad no nos compromete solo hacia los “pobres” de fuera, a los que siempre debemos ayudar, sino también con los “pobres” de dentro, que podemos reconocer en los que nos rodean: en el hermano, en la hermana, en el marido, en la mujer, en el padre, en el hijo, en el vecino de casa, en el compañero de trabajo, en todo aquel que lucha por emanciparse de su fragilidad, que lleva dentro el tormento de heridas escondidas o necesita ser acogido con mayor sensibilidad y compasión. Solamente orientando nuestra existencia según el precepto evangélico del amor podremos volvernos eficaces constructores de paz y pedir al Señor, con la credibilidad que nace de la coherencia, este precioso don para cada lugar y para cada tiempo de la historia. En este gozoso tiempo de Pascua, les hago llegar mis más fraternos deseos. Que el Señor Resucitado llene sus corazones de esperanza, renueve su fe y los bendiga con Su paz y Su amor.