Por fr. Mariano Di Vito, OFM Cap.
El Papa Benedicto XVI no desaparece de la escena de la historia. Y no ha terminado tampoco, con el fatídico sonar de las ocho de la tarde del 28 de febrero, su ministerio. Ha cambiado sólo el modo de ejercerlo. El Pontífice–teólogo ha decidido dejar la guía temporal de la “santa Iglesia de Dios” y continuar a servirla “con una vida dedicada a la oración”. Estas son sus palabras, pronunciadas el 11 de febrero pasado, al terminar la declaración que anunciaba “su renunica al ministerio de Obispo de Roma, Sucesor de San Pedro” que le había sido “encomendado por los Cardenales el 19 de abril de 2005”. Palabras puestas en segundo lugar por el tumultuoso sistema mediático, demasiado ocupado en descubrir o hipotizar los posibles motivos no mencionados de la histórica decisión. Y sin embargo la clave para interpretar el gesto (sólo aparentemente de debilidad) y del entero Pontificado está en aquella expresión y, en particular en una palabra: “oración”. Benedicto XVI, en efecto, inmediatamente ha explicado que ha tomado su decisión, incluso “consciente de la gravedad de este acto”, sólo “después de haber repetidamente examinado mi conciencia delante de Dios”, es decir...